Periodistas de a Pie

El periodismo en tiempos de cierres, agandalles y fracasos

Publicado: 26.09.2019

 

Texto: Jade Ramírez
Ilustración: Twitter/@anuarportugal

El reciente anuncio del cierre del sitio “autónomo” en español del periódico New York Times, bajo el argumento comunicado a sus lectores: “no demostró ser financieramente exitoso”, resulta para la mayoría de los periodistas y empresarios que han apostado durante años a la manufactura de un periodismo libre en términos editoriales y no vinculado estrechamente a la agenda orientada por la publicidad oficial, un balde de agua fría.

El servicio que se abrió a la audiencia hispanohablante desde 2016 con seis periodistas para conquistar lectores en Latinoamérica, no resultó un negocio para la firma, pese a que generó hasta diez artículos de profundidad y coberturas específicas en México y el resto del hemisferio por día, como ellos mismos han relatado en su cierre y despedida.

En el aire queda, como siempre cuando se dan estos anuncios, que sí hay periodismo cuidado, ético, de interés, con diversos ángulos, generado a partir de información a profundidad. Lo que no hay es un modelo de negocio sostenible para ese periodismo.

Ganar por hacer bien las cosas, ganar para dar dignos salarios a los reporteros, ganar para tener seguro médico o prestaciones, ganar para un menaje de seguridad en tiempos de guerra y agresiones, ganar para tener vacaciones, ganar para reinvertir en el proyecto, parece que no es posible.

Hace unos días en un taller hackfeminista, conforme avanzamos en el análisis de cómo las plataformas corporativas además de moldear la vida de las audiencias e incidir en la producción de contenidos bajo el falso concepto de “democratización de las TICs”, quedaba claro que las corporaciones están regulando enfoques y alcances con algoritmos a los que todos, y desde luego los medios nativos digitales, tenemos que adaptarnos; fue inevitable pensar en las y los periodistas que seguimos como satélites girando en una galaxia que no controlamos creyendo que sí avanzamos y alcanzamos nuestros sueños con lo que el lenguaje capitalista llama: clicks, vistas, entradas, porcentajes de rebote, tiempo de permanencia. Pero no, así no se transforma nada.

Los reportes semanales, mensuales y anuales posicionan a los medios nativos digitales en mejores lugares, según las mediciones impuestas por el desarrollo monopolizado de Facebook, Ywitter, Instagram, Whatsapp, Youtube pero, ¿con eso se paga lo que cuesta la producción de un reportaje? ¿ahí radica el auténtico valor de un hallazgo e historia?

Mientras seguimos caminando ajenos a ocupaciones paralelas que desde 2005 algunos llamamos “habitar el sexto continente” donde se están dando debates de mucho fondo sobre los mismos temas de interés reporteril como mastodon, el periodismo cada día es absorbido por dinámica y lógicas comerciales, cuando en el seno de la reflexión de por qué hacemos lo que hacemos nos queda claro que trabajamos con un servicio, un bien común y un derecho que no nos pertenece: la información. Gran dilema.

¿Entonces atomizarnos será la solución a la precariedad laboral, falta de garantías, nulas condiciones de seguridad en el ejercicio de la profesión y estímulo? Algunos, quizá muchos, dirán que no.

Otros, que nos llevan años de ventaja en el análisis de lo que pasa en la convergencia mediática, la crisis del periodismo de papel como industria y el transformismo informativo, nos empujan a pensar que sí, que ese es un camino a arar, pero que implica algo más que solo producir periodismo y generar información o procesar contenidos: toca tender puentes, acercar materiales, difundirlos no en el tianguis del internet, sino hacer ciber-etnografía para buscar cara a cara, a las y los lectores, a los que le dan retuit, a los que comparten sin leer -porque ya hay un ligue entre la identidad del medio nativo, el perfil del contenido, el titular, la palabra clave o hashtag y esa preferencia hacer que se compartan las notas sí o sí-, para saludarlos, conversar, interactuar y persuadirlos fuera de los bits de lo necesario que son para la persistencia de nuestro proyecto.

¿Tenemos que “vendernos” además de editarnos, escribir, grabar, investigar, estudiar?

Sí, pero no exactamente como producto, sino como proceso. Esta crisis convertida en competencia con las grandes firmas en cierre, ejemplo NYT Español, no ha sido privativa del periodismo; los artistas/creadores desde hace varias décadas, se tuvieron que travestir en gestores culturales también.

La subvención oficial dejó de ser suficiente para el arte y sus disciplinas y aunque el dilema de libertad no sucumbió en grandes debates sobre si era correcto, ético o incidía a un grado de transfiguración sus conceptos o ideas, el pago de su arte con becas, programas estatales, adquisición de obra -muchos artistas plásticos no muralistas tienen entre sus mejores mecenas a diputados porque pagan el costo real de la obra, en efectivo y en una sola exhibición-; lo que sí entendieron varios creadores o trabajadores del sector cultural, es que había que fortalecerse en ámbitos extra artísticos e idear formas de generar audiencia, formar públicos y obtener recursos.

No ha resultado nada fácil para quienes llevan más de una década haciéndolo. Un artista del ámbito escénico, Miguel Ángel Gutiérrez, que desde la adolescencia creó su propia compañía de títeres, formó parte de varios procesos colectivos de titiriteros y es líder junto a su compañera de proyectos, Ana Zatarain, del Festín Internacional de los Muñecos -un festival único en Latinoamérica, de alto nivel, que crea corredores artísticos, entre muchos atributos-, me contaba hace días con desilusión y frustración que imaginaba al llegar a la edición número diez del Festín, que todo sería más fácil en cuanto a producción, logística y financiamiento porque la semilla habría germinado, pero eso no sucedió.

A 10 años estaba batallando con la displicencia de los financiadores, de los burócratas hipsterianos que no sabían de qué festín les hablaba, en contraposición con las audiencias generadas, cautivas, urgidas. A 10 años con todo el reconocimiento internacional, estaba juntando pesitos y reduciendo el Festín por no conseguir la sostenibilidad.

En el periodismo hay subvenciones, hay diputados que son dueños de periódicos, que pagan el sostenimiento de un medio impreso y de muchos digitales; hay partidas presupuestales destinadas todavía fuera de norma y regla, a la publicidad oficial; hay compra de conciencias y también, coacción.

Hasta la iniciativa privada mexicana desvía recursos para plataformas de periodismo, que no medios, con pagos jugosos por periodismo de investigación.

Pero también hay ejemplos de resistencia a ese flujo de dinero que busca desde lo económico torcer esa responsabilidad de los medios al trabajar con el derecho a la información de la sociedad.

En México existen, y los encontramos en proyectos que cumplen siete o diez años autogestionando sus recursos con cenas, campañas de fondeo, pequeñas donaciones, becas, venta de contenido, intento de suscripciones y demás fórmulas para seguir haciendo periodismo.

Ante la apertura diaria de nuevos medios nativos digitales, sin contar las fan page, que replican boletines o hacen publicaciones sin rigor, y los miles de likes que no dan ni cinco dólares al mes, toca responder dos cosas: cómo será la estrategia para no competir por las comunidades compartidas -los mismos perfiles que siguen o gustan de uno, aprueban y comparten lo del otro, es algo que ya está pasando-, y cómo dar el brinco para volvernos útiles y un bien imprescindible de las audiencias, al mismo tiempo de no abandonar la necesidad de entretener.

Ojalá, como pasó con la emergencia de cubrir la guerra (y protegernos), los periodistas, no lleguemos tarde. 

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